Desde hace 25 años tenemos un crecimiento económico sostenido, pero la calidad de vida de los peruanos no muestra señales de mejorar.
En otras palabras, tenemos un crecimiento sin desarrollo.
Ambos procesos están vinculados, sin embargo, tienen enfoques diferentes: el crecimiento es cuantitativo, el desarrollo, cualitativo.
Cuando hablamos de crecimiento económico básicamente nos referimos al aumento de la producción, en tanto, que el desarrollo implica cambios estructurales que beneficien a todos los sectores sociales, reduciendo la pobreza.
Por eso, en nuestro país se da la paradoja donde crece el PBI, pero las desigualdades no disminuyen.
Los efectos de las desigualdades no solo se reflejan en el poder adquisitivo, sino también en la esperanza de vida, el acceso a servicios básicos (salud, educación, agua y saneamiento) y la falta de acceso a la justicia. Son indicadores en los cuales estamos jalados.
Y estamos jalados porque son indicadores cuyos efectos recién se pueden apreciar en el mediano y largo plazo, lo cual choca con la visión cortoplacista de nuestros gobernantes.
Alcanzar un crecimiento con desarrollo pasa por exportar productos con valor agregado. Disponemos de abundantes recursos naturales, incluidos minerales críticos, pero seguimos exportando, en gran parte, materia prima.
Se necesita innovación e industrialización, dos factores claves que permitieron a Corea del Sur convertirse en un país desarrollado.
Otro factor es la estabilidad jurídica, si no existen reglas claras y estables no habrá una inversión fluida y constante. Inversión que debe destinarse a la educación, saneamiento y tecnología para reducir los índices de informalidad.
Singapur, uno de los llamados Tigres del Asia, alcanzó su desarrollo, entre otros factores, porque precisamente fomentó la calidad educativa y la seguridad jurídica creando un entorno favorable para la inversión extranjera.
Si bien la agroindustria y la minería muestran una producción competitiva, no se puede decir lo mismo de otros sectores donde la baja productividad y la informalidad frenan su despegue.
Según el Fondo Monetario Internacional para 2030 se estima que el Perú alcance un PIB per cápita de US$ 22,319 basado en la paridad del poder adquisitivo, mientras que la OCDE considera que con reformas estructurales, este indicador podría llegar al 65 % del promedio de sus países miembros en 2070, frente al 45 % previsto con las políticas actuales*.
De ahí la importancia de aplicar las medidas antes mencionadas vinculadas con la reducción de las desigualdades.
Pero, además, existe otro imperativo, evitar caer en la trampa del ingreso medio.
La trampa del ingreso medio se presenta cuando los países superan la pobreza y crecen hasta alcanzar una renta media de ingresos y luego se estancan, dejan de generar valor, sus bienes y servicios se vuelven deficientes con la consiguiente pérdida de competitividad.
De acuerdo con el Banco Mundial, existen cuatro categorías para medir los ingresos de un país: ingreso alto (más de 14 005 dólares per cápita), ingreso mediano alto (de 4516 a 14 005 dólares per cápita), ingreso mediano bajo (de 1146 a 4515 dólares per cápita), e ingreso bajo (igual o inferior a 1145 dólares per cápita) *.
Según estas categorías el Perú se encuentra dentro de los países de ingresos mediano bajo, por tanto, implementar medidas en favor del desarrollo ayudará paralelamente a escapar de la trampa del ingreso medio.

